Se considera que entre los años 30 y 34 de la Era Progrezoica comenzó el Período Inclusógeno. Como su nombre indica, se caracterizó por la prolificidad de políticas, normas, leyes, decretos, ordenanzas y resoluciones que exigían la inclusión de representantes de toda clase de minorías o grupos supuestamente excluidos en toda clase de actividades.

Como no podía ser de otra manera, esto hizo que surgieran cientos de minorías y grupos de los que nadie había oído hablar jamás reclamando su lugarcito en el tren de los subsidios y ventajas, que ante la sospecha de ser unos pícaros aprovechando la volada respondieron a los burócratas con un argumento demoledor: tan excluidos habían estado que recién ahora el mundo se enteraba de su existencia.

La fiebre incluyente afectó a todas las organizaciones, estableciendo cupos para minorías listadas en un registro que se actualizaba constantemente. Si la economía no se paralizó fue porque los empresarios encontraron un tremendo agujero legal en las normas redactadas por las almas buenas: la “identidad percibida”.

En efecto, para acreditar la pertenencia a un grupo o minoría postergada sólo hacía falta declarar que uno se “percibía” como parte de ese colectivo. Así, el taller mecánico de Cacho, donde trabajaban Cacho y dos técnicos rudos y engrasados, en vez de salir a buscar un operario de minorías sólo necesitó registrar a Jorge, el experto en tren delantero y amortiguación, como “originario de género fluido celíaco autopercibido” para cumplir con el dichoso cupo (como agradecimiento por prestarse a la farsa registral, Jorge recibió de regalo un corpiño de encaje y dos kilos de pan sin gluten).

La existencia de un fárrago de normas intentando regular circunstancias artificiales mal definidas que dependían de registros que se actualizaban todo el tiempo tuvo el resultado esperado: cumplimiento prácticamente imposible de evaluar fiscalizado por enormes organismos estatales que cobijaron a los representantes de las minorías supuestamente excluidas con mayor poder de lobby. Todo financiado con nuevos impuestos que inmediatamente se trasladaron a los precios.

Algunos protestaron ante situaciones ridículas y consiguieron excepciones, otros se rebelaron con ingenio, como aquel propietario de una pequeña ferretería que se presentó ante un inspector de Seguridad e Higiene descalzo hasta las orejas y con un sombrerito rojo declarando con toda seriedad que se autopercibía matafuegos y por lo tanto su pretensión de levantarle un acta por incumplimiento de los reglamentos para prevención de incendios era ilegal y discriminatoria.

En general, todos se encogieron de hombros y siguieron con lo suyo, sabiendo que las grandes transformaciones sociales que en lugar de ser impulsadas por las sociedades con voluntad de transformarse son impuestas por autoridades con voluntad de seguir siendo autoridades mediante el efectivo trámite de sacarle dinero a mayorías desorganizadas para dárselo a minorías intensas y ruidosas que atraen votantes terminan diluyéndose y sólo quedan las reparticiones oficiales y los impuestos.

Pero hubo una industria donde sí se aplicaron las regulaciones a rajatabla, sin excepciones, atenuantes ni atajos: la producción de películas. Allí no se permitió la aplicación de la “identidad percibida” y los cupos no se contaron como porcentajes. Los grandes estudios cinematográficos reaccionaron con extrañeza ante este rigor. ¿Acaso no habían sido ellos los pioneros de la inclusión, los abanderados del progresismo, los adalides de la diversidad? ¿No habían producido suficientes adaptaciones de antiguos clásicos hasta convertirlos en panfletos moralizantes donde ya no era posible reconocer a los personajes originales, su historia y sus motivaciones? ¿No habían dictado sus propias políticas inclusivas antes que nadie, de manera que una película que no las cumpliera no pudiera ser considerada en ningún festival o premio?

No hubo caso, las autoridades no cedieron un palmo. Los estudios ya no vivían de vender entradas de cine porque el público general estaba un poco harto de ver héroes sensibles que en vez de salvar el mundo combatiendo a los malos se preocupaban por el pronombre que correspondía aplicar a los villanos y los progres que se sentían obligados a ver esos bodrios no alcanzaba para cubrir los costos. El negocio de los estudios eran los subsidios estatales y las exenciones impositivas. Pero la nuevas exigencias inclusivas hacían imposible que se pudiera producir una película donde aparecieran todas las minorías registradas representadas. Y tenían que ser representantes reales, no valía que un actor interpretara a un oriental transgénero tartamudo, tenía que ser uno de verdad.

Esta es la razón por la cual no existen películas producidas durante el Período Inclusógeno de la Era Progrezoica.

Bueno, esto no es del todo cierto, existe una.

La Película.

Continuará

Uno de los grupos más excluidos ha sido el de los pelados. Usted puede contribuir a reparar esta injusticia utilizando el botoncito de abajo.

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