Los capos de la industria cinematográfica se reunieron para ver si encontraban una manera de sobrevivir a las ímprobas condiciones que les imponían. El ambiente era pesado y pesimista. Uno de ellos, con una gruesa carpeta en la mano tomó la palabra y dijo: “Este es el último registro de inclusiones. Contiene trescientos catorce colectivos oficiales que deben ser representados en cualquier futura producción audiovisual. Todos ellos”. Un asistente levantó la mano para solicitar una interrupción, que fue concedida y aclaró: “Trescientos quince. Se acaban de agregar los bajitos tartamudos”. El primer orador protestó: “¡Eso tiene que ser un error, ya teníamos al grupo de bajitos y al de tartamudos!” y el asistente respondió, un poco ofendido: “No es un error, empezaron a combinar categorías para crear nuevas”.
Todos comenzaron a gritar a la vez, y las pocas palabras reconocibles entre la algarabía generalizada eran “barbaridad”, “ruina”, “desastre” y “pizza”. Es que la reunión se estaba prolongando demasiado y varios tenían hambre. En medio del caos, o más bien al borde, porque estaba sentado en la última fila de butacas de la sala de cine donde se desarrollaba la reunión, un hombrecito más bien rechoncho y casi calvo, vestido con un traje arrugado que ya se veía anticuado el día de su fabricación, sonreía en silencio.
Era Giuseppe Crimaldi, más conocido por su nombre artístico Joey Crimson, un conocido productor, director, guionista y muchas veces actor de mockbusters, películas de bajísimo presupuesto que imitan y aprovechan la publicidad de los grandes éxitos de taquilla. Era el responsable de esperpentos como Termistor, Los Vengativos y El Señor de Los Altillos, entre otras. Giuseppe esperó pacientemente a que los gritos se convirtieran en murmullos, se paró sobre su butaca para obtener la visibilidad que su escasa estatura le retaceaba y con una voz sorprendentemente grave y profunda exclamó: “¿CÓMO LLEGARON USTEDES, MANGA DE ESTÚPIDOS, A SER MILLONARIOS?”
Giuseppe disfrutó de otra andanada de gritos con los brazos cruzados y una sonrisa cada vez más amplia. Hizo contacto visual con Robert “Bob” Marshall, el más veterano de los dueños de estudios, que presidía informalmente el cónclave. Bob escudriñó la figura parecida a un duende y sin quitarle la vista de encima tomó su característico sombrero, lo elevó por encima de la cabeza con el brazo completamente extendido y se lo puso. Todos los asistentes sabían lo que significaba el gesto: Bob iba a decir algo, y eso era como si el cine personificado fuera a hablar. Se produjo un silencio reverencial. El anciano señaló a Giuseppe y dijo: “Déjenlo hablar”.
Giuseppe inclinó la cabeza como signo de un respeto que era sincero, y comenzó: “Señoras y señores, están aquí corriendo como gallinas sin cabeza, todos horrorizados ante la perspectiva de tener que vivir de los cientos de millones que ganaron en el pasado y no como ahora que se gastan los cientos de millones que ganarán el año que viene. Los entiendo, eso debe ser aterrador, y no los deja pensar”.
“Por eso no se dan cuenta de que no hay ninguna crisis, lo que tenemos por delante son años de dinero fácil”. Giuseppe hizo una pausa para evaluar al auditorio. Estaban galvanizados. Nada anima más a un grupo de millonarios que asegurarles que nunca van a sufrir los indecibles tormentos de ser un poco menos millonarios.
“Miren, estas estupideces de los grupos inclusivos son para las películas que se hagan a partir de ahora, ¿verdad?” La audiencia asintió en silencio. “Y estamos de acuerdo en que no hay manera de terminar una película decente que incluya trescientos quince colectivos, ¿verdad?” “¡Trescientos dieciséis, se acaban de agregar los hermafroditas pelados!” gritó el asistente que había hablado al principio. “Mejor aún” respondió Giuseppe.
“Entonces no podemos hacer películas nuevas. Pero tenemos cientos, qué digo cientos, tenemos miles de películas que ya hicimos”. “Pero la gente va cada vez menos al cine, si no les damos estrenos van a dejar de ir del todo”, dijo uno de los dueños de la cadena de cines más grande de país, que ya estaba sufriendo la crisis a juzgar por el reloj de menos de 35 mil dólares que llevaba en la muñeca. Giuseppe se dirigió directamente a él: “La gente ya no va al cine porque hasta los progres están aburridos de la mierda políticamente correcta que vienen haciendo desde hace quince años. Vuelvan a pasar las películas de hace veinte, treinta, cuarenta años. De esas violentas sin complejos, con chistes escandalosos y estereotipos y todo lo que es tabú ahora. Para que nadie proteste, antes pongan un corto de uno o dos minutos con un actor diciendo que lo que están a punto de ver es algo feo, malo y caca que pasaba antes pero ahora no porque somos buenos. Hagan dos versiones, una con un actor, o mejor una actriz progre y otra con un dinosaurio de la época dorada. Si consiguen a uno que actúe en la película mucho mejor. Todos quedarán contentos. los espectadores progres sentirán que les están dando permiso y los conservas apreciarán la ironía.
“Eso podría funcionar un tiempo, supongo, pero tarde o temprano vamos a necesitar estrenos” dijo alguien que no sabemos quién fue porque aunque seamos el narrador omnisciente de esta historia a veces nos distraemos viendo videos de perritos. Giuseppe sonrió. “Puede ser. Pero lo vengo haciendo desde hace diez años en mi pequeño circuito de salas y me va mejor que nunca. No, lo del corto antes de la película no, mi público no tiene complejos. Tengo material para diez años más. Ustedes tienen suficiente para tres o cuatro generaciones. Y en algún momento toda esta paparruchada va a aflojar”.
“¡Esperen, esperen!” gritó Giuseppe ante los suspiros de alivio, uno que otro aplauso y la llamada telefónica de un ejecutivo diciéndole a la esposa que sí podía comprar un Picasso que hiciera juego con las cortinas. “Igual tenemos que hacer películas. Bueno, una película”. El ejecutivo que estaba hablando con la esposa cortó la llamada y protestó: “Pero si hace un minuto dijiste que estábamos todos de acuerdo en que no se podían hacer más películas”. “No he dicho tal cosa”, respondió Giuseppe. “Pero sí”, respondió el ejecutivo, “ahí, en el sexto párrafo de este artículo, lo dijiste”. “No”, insistió el regordete productor, director, guionista y muchas veces actor, “lo que dije es que no pueden terminarse”.
“Hay que mantener la maquinaria en movimiento para que no se oxide, señores, porque repito, esta estupidez algún día va a cambiar. Para eso hay que hacer una película, La Película que cumpla con todas las reglas. Nunca será terminada, jamás será estrenada, cero gastos en publicidad, nada de actores famosos con cachés impagables, ni siquiera hace falta un guion, se puede improvisar sobre la marcha. Por supuesto hay que presentarla como un proyecto gigantesco que sólo es posible con la colaboración desinteresada de todos los estudios con sensibilidad. No será una simple película, será el evento cultural de la Era Progrezoica”.
“Empiezo a entender hacia dónde vas, Joey”, dijo el CEO del estudio que venía de fracasar en taquilla con películas carísimas que no les interesaron a nadie, “pero incluso una farsa como esa cuesta mucho dinero. Dinero que no vamos a recuperar nunca”. “Harvey”, contestó Giuseppe, “nunca en tu puta vida arriesgaste un centavo de tu propio dinero en una película, el estudio que te paga el sueldo perdió el equivalente al PBI de un país mediano y así y todo te dieron un bono de cincuenta millones y te admiro por eso, pero no estás entendiendo nada en realidad. La Película será un proyecto de amor, no un negocio. Esa clase de proyecto que consigue subsidios gubernamentales fabulosos, donaciones de empresas, colaboraciones gratuitas de gente que quiere sentirse buena. A ustedes no les va a costar ni el catering basura de los extras. Y recuerden que estarán haciendo plata reestrenando todo ese catálogo polvoriento”.
“Muy bien, Crimson, admito que esto se ve bien, ¿pero qué piensa sacar del asunto? No me diga que de pronto se volvió altruista” dijo un gordo hablando con la boca llena porque al final sí habían pedido pizza. Giuseppe fingió sentirse ofendido. “Pensé que estábamos entre caballeros, algunas palabras deberían evitarse, cómo va a decirme altruista a mí. Igual voy a contestar la pregunta. Ustedes están mal acostumbrados. Tienen cien millones para hacer una película, terminan gastando doscientos y el producto final parece de veinte. Lo que se requiere aquí es alguien que consiga diez, termine gastando tres y haga que se vea como quince”.
Lo comprendieron perfectamente. El viejo Marshall se paró y mirando a Giuseppe con una amplia sonrisa que le llenaba el rostro de arrugas felices le preguntó: “¿Beppo, cuándo empezaste a filmar La Película? ”. Giuseppe, con otra sonrisa más amplia todavía, de hecho era tan amplia que de ampliarse más se hubiera mordido sus propias orejas, respondió: “Seis meses, Bob. Y llevo gastados dos mil dólares”.
Robert “Bob” Marshall recorrió todo el pasillo de la sala, se paró frente a Giuseppe, y sin decir una sola palabra, se sacó el sombrero y se lo calzó al conocido productor, director, guionista y muchas veces actor. Después aprovechando que ya estaba al lado de la puerta se fue. Giuseppe se desmayó.
La Película ya lleva seis años en producción. Nadie, con la posible excepción de Joey Crimson, sabe cuánto llevan gastado. Pero el dinero estatal y privado sigue fluyendo. De vez en cuando hay “filtraciones” de algunos segundos de metraje, y se ve de una calidad sospechosamente superior a la de un producto Crimson. Después de cada “filtración” hay picos de donaciones. Se dice que si dejaran de rodar y editaran La PelÍcula con el material producido hasta ahora, duraría aproximadamente cuarenta horas.
Los cines continúan exhibiendo películas viejas, y de alguna manera lograron que los jóvenes convirtieran en tendencia ir a verlas. Les va mejor que nunca.
La semana que viene está el Festival Rambo.
Buenas noches.
El proyecto de La Película me resulta muy inspirador. Si a usted también, puede usar el botón de abajo para contribuir a su producción. Sí, la plata al principio me va a llegar a mí, pero yo me ocupo de enviarla después.

