Una de los espectáculos más curiosos de la naturaleza es el ritual de cortejo de las diversas especies animales. Los documentales de Animal Planet nos muestran invariablemente a los machos responsables de tan exhuberantes ceremonias ejecutando complicados bailes, profiriendo estentóreos chillidos, inflándose como globos o saltando como electrocutados, todo en pos de llamar la atención de las hembras y cumplir con el imperativo de perpetuar la especie.
El homo sapiens no escapa a esta ancestral necesidad, aunque la ha convertido en algo menos simple.
Desgraciadamente lo nuestro no se limita a pegar dos o tres alaridos, golpearnos el pecho, mostrar los dientes o cazar una gacela a mordiscones y depositar el cadáver palpitante frente a la candidata. Nuestro fortuito papel de animales superiores hace que tengamos que recurrir a argucias mucho más sofisticadas, y por lo general más costosas. Por ejemplo, descubrir en qué maldito restaurante sirven gacela, invitar a la dama y pagar por la cena.
Como en casi todas las especies los machos cargamos con la parte más activa del asunto, y es así que debemos esforzarnos en parecer mucho mejores de lo que realmente somos, con la esperanza de que cuando se den cuenta de cómo somos realmente ya sea demasiado tarde.
En realidad todo es una gran simulación : la hembra decide si nos va a elegir como candidatos a producir descendencia (o a realizar los procedimientos relacionados, que de eso se trata) aproximadamente once segundos luego de habernos conocido, pero como no lo sabemos o preferimos ignorarlo pasamos por todo el proceso con nuestra mejor sonrisa, nuestras más elegantes ropas y toda nuestra capacidad de ser espléndidamente encantadores.
Eventualmente el objetivo es alcanzado y entonces lentamente volvemos a ser quienes siempre fuimos. Las hembras notan inmediatemente la declinación y, o bien lo toman con naturalidad (en el fondo todos sabemos que se trata de un juego) y la pareja queda formada, o se aferran a la imagen que les vendimos y reclaman su regreso en forma perentoria y a base de reproches. Sobreviene entonces el desengaño y la separación.
Desde ese punto de vista resulta casi increíble que la raza humana no se haya extinguido, habida cuenta del abismo que separa al macho en cortejo exhibiendo las mejores cualidades de la especie del mucho menos magnífico ejemplar que se rasca las partes nobles viendo la televisión.
Las cosas podrían ser diferentes.
El cortejo humano debería ser exactamente lo contrario de lo que es. Deberíamos ofrecer lo peor que tenemos, deberíamos ser desconsiderados, sucios, aburridos, chauvinistas, tacaños y un algo brutales. Las hembras deberían aparecer a nuestros ojos sin maquillaje ni vestidos diseñados para insinuar y esconder al mismo tiempo. Dotados de letal sinceridad deberíamos bostezar ante una anécdota aburrida, hacer regalos baratos o no hacerlos en absoluto, y jamás abrir una puerta o acomodar una silla. No bastaría con mostrarnos como somos naturalmente, tendríamos que hacer un esfuerzo por ser espantosamente inadecuados.
Entonces, y solo entonces, si resultara que a pesar de todo nos eligiéramos mutuamente, ya no habría lugar para el desengaño, para el incordiante recordatorio de que antes éramos diferentes, para el doloroso reconocimiento de la normalidad. Por el contrario, si nos esforzamos en ser peores, el cese del todo esfuerzo nos haría inevitablemente mejores. Todo sería ganancia. El más pequeño detalle de amabilidad, de respeto, de consideración, sería un acontecimiento extraordinario y feliz.
Hay sin embargo una posibilidad que por remota no puede descartarse de plano: existen quienes se enamoran de lo peor de nosotros. Será entonces necesario mantener una constante vigilancia para evitar cometer acto alguno que nos saque de ese papel de individuo despreciable que trabajosamente hemos construido. Todo sea para evitar las lágrimas de una mujer que sollozando nos reproche: "Antes no te bañabas todos los días".
Buenas noches.

