Cuando yo era un tierno parvulario que concurría al jardín de niños, esa etapa preacadémica era considerada una especie de antesala, un lugar adonde ir todos los días a jugar y a aprender que existían en el mundo otros niños que tal vez pudieran competir con nosotros por la posesión de un juguete. Eventualmente y luego de algunas reyertas incorporábamos el insólito concepto de que no todas las cosas del planeta nos pertenecían, y entonces con no poco fastidio comenzábamos a relacionarnos y a  compartir.

Creo recordar que fui un solo año al jardín de infantes, y que allí hice el primer amigo que tuve en mi vida, que se llamaba Sergio y era japonés. Existe una fotografía en algún rincón del archivo familiar donde Sergio y yo posábamos disfrazados de indios, con pluma y todo. Recuerdo también haber ido a jugar a la casa de Sergio y que sus padres estaban vestidos con el tradicional kimono, y que sonreían todo el tiempo y que me dieron una galletita con dulce de leche. Creo que mi simpatía hacia los japoneses proviene de esas borrosas pero a la vez felices imágenes. 

No sé que habrá sido de la vida de Sergio, probablemente ahora sea un alto ejecutivo en NEC o Sony, tenga un sueldo de cinco cifras y maneje un Toyota.

Pero no era mi intención contarles estas minucias. Como dije al principio, el jardín de infantes era una etapa casi opcional en la vida estudiantil de la que se egresaba mediante el simple trámite de cumplir años y acreditar así la edad reglamentaria para ingresar a la escuela primaria, escalón fundacional de la educación formal.

Así las cosas, no existía mérito alguno en terminar el jardín de infantes. No había exámenes finales, no debíamos hacer ni defender una tesis, del tipo "La plastilina como vehículo de la expresión artística" o "A guardar, a guardar, cada cosa en su lugar, ¿Es el Jardín de Infantes una escuela de Conformismo?". Podía ser que algunos estudiantes avezados salieran de allí sabiendo escribir trabajosamente su nombre, tal vez nos enseñaran a contar hasta cincuenta y siete, pero en general no se esperaba mucho más de nosotros que algún grado de integración con nuestros pares y que no nos peleáramos a mordiscos. 

Había tal vez una fiestita de fin de año en el Jardín donde ni siquiera nos despedíamos de nuestros compañeritos porque todo era medio confuso y no entendíamos mucho eso de que el año que viene íbamos a ir a la escuela. Así lo recuerdo yo, por lo menos. En todo caso, no era una graduación. Claro que no, no estábamos locos, o en todo caso nuestros padres no lo estaban y entendían que una graduación implica obtener un grado.

Esas felices y razonables épocas han quedado atrás. Debido a que me la paso leyento tonterías en las redes sociales me entero sin proponérmelo de que ahora se estila hacer una ceremonia donde los niños usan birretes de bachiller universitario (aunque por ahora no le ponen togas), y se entregan diplomas. Los padres, contentísimos, como si el nene estuviera recibiéndose de abogado en Harvard. Ah, pero esto no termina allí. Después celebran en un salón, es decir hacen una fiesta porque el nene acumuló méritos suficientes para alcanzar su grado de...nene. 

Miren, no me opongo a que la gente festeje lo que le venga en gana. Es más, estoy a favor de que la gente haga fiestas sin motivo alguno. Mientras no me inviten.

Lo que me preocupa un poquito es que se perciba el hecho de terminar el jardín de infantes como un logro. Celebrar un logro tiene sentido cuando implica un esfuerzo, cuando es más probable no obtenerlo que obtenerlo, o al menos existe alguna posibilidad de fracaso. En este caso, señores padres, su retoño no ejerce otra virtud que la de permanecer hasta haber alcanzado cierta edad. Y tampoco es mérito de ustedes, no se hagan los próceres porque le dieron de comer al niño y no se lo vendieron a una pareja de holandeses. O neerlandeses. O paisesbajeños. O cómo se diga ahora, que todo el tiempo cambian las cosas. ¿Sabe qué? Mejor no se lo venda a una pareja de italianos.

Si seguimos con esta tendencia a festejar cualquier cosa va a ser difícil distinguir lo meritorio de lo inevitable, lo excelente de lo mediocre, lo mínimo de lo superlativo. Si todo merece un festejo, si todo es especial, entonces nada lo es. Pero no me hagan caso. Probablemente yo sea un amargado y no tenga nada pero nada de razón, y esté muy bien hacer una fiesta porque este año el nene no fue preso, porque aprendió a atarse los cordones de las zapatillas o porque dejó de patear al perro. 

Buenas noches.

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