Cuando yo era un tierno parvulario que concurría al jardín de niños, esa etapa preacadémica era considerada una especie de antesala, un lugar adonde ir todos los días a jugar y a aprender que existían en el mundo otros niños que tal vez pudieran competir con nosotros por la posesión de un juguete. Eventualmente y luego de algunas reyertas incorporábamos el insólito concepto de que no todas las cosas del planeta nos pertenecían, y entonces con no poco fastidio comenzábamos a relacionarnos y a  compartir.

Creo recordar que fui un solo año al jardín de infantes, y que allí hice el primer amigo que tuve en mi vida, que se llamaba Sergio y era japonés. Existe una fotografía en algún rincón del archivo familiar donde Sergio y yo posábamos disfrazados de indios, con pluma y todo. Recuerdo también haber ido a jugar a la casa de Sergio y que sus padres estaban vestidos con el tradicional kimono, y que sonreían todo el tiempo y que me dieron una galletita con dulce de leche. Creo que mi simpatía hacia los japoneses proviene de esas borrosas pero a la vez felices imágenes. 

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