Siendo unos pequeñajos llenos de perplejidades los adultos nos imparten las primeras enseñanzas, y entre ellas están “No se pelea con los otros pequeñajos”, “debes compartir tus juguetes con ellos” y “no se dicen malas palabras”. Son normas incompletas que más adelante se llenarán de excepciones, pero deben bastar en esa etapa temprana salvo que desee que su retoño se convierta en un sociópata infantil. (Por otra parte mantenerlas sin matices a lo largo de los años puede resultar en un comunista).

La razón de que las reglas primigenias sean tan simples es evidente: los niños no han desarrollado por completo la corteza prefrontal y carecen de las habilidades sociales necesarias para elegir un curso de acción adecuado en muchas situaciones. Conceptos como legítima defensa, justicia, mérito, honor y propiedad no han llegado para complicarles la existencia.

Si usted tuvo la fortuna de crecer como un niño semisalvaje antes de, digamos, la década de los ‘80, cuando andar con las rodillas raspadas era más común que ir al psicólogo pediátrico, es posible que sus padres le hayan permitido descubrir con discreta supervisión las ocasiones en las que esos preceptos son de cumplimento relativo. Así, usted aprendió que a veces es lícito o inevitable pelear, que compartir está bien pero debe ser voluntario, que las palabras suelen cargar intención y contexto y que su maravillosa comprensión intuitiva de la teoría subjetiva del valor no significa que pueda intercambiar el Robot Ultra Max Z-35 por un muñeco chino deforme del Hombre Araña con su amiguito sin consulta previa, principalmente porque el robot le costó medio aguinaldo a su padre y el muñeco contrahecho le salió como sorpresa de un chupetín al otro granuja.

Con un poco de suerte llega el día en el que somos adultos, y entonces nuestro pensamiento es más sofisticado, nuestras relaciones son más complejas, nuestras acciones tienen más consecuencias y todo eso nos obliga a ser más responsables. Para los que no están dispuestos a lo último, existen las leyes.

Durante milenios, los países han ido incorporando a sus cuerpos legales toda clase de normas y las han ido adaptando a los tiempos, teniendo en cuenta algunos principios básicos. Por ejemplo uno puede defenderse si lo atacan, pero sin exagerar: no está bien visto romperle una pierna al que nos tiró una miga de pan en el almuerzo. La defensa de la propiedad requiere en primer lugar una prueba de dominio y recuperarla involucra ciertos trámites. Las palabras no son intrínsicamente “malas”, se puede decir “hijo de puta” amistosamente y cualquier vocablo neutro se convierte en un insulto con sólo agregarle “de mierda” al final.

En resumen, las leyes intentan regular las intrincadas relaciones que se dan entre adultos responsables, y atendiendo a su variedad, se esfuerzan en contemplar la mayor cantidad de casos posibles, y cuando esto no alcanza, están los jueces para interpretar su espíritu. Esto significa que ya no basta con decirnos “eso no se hace, eso no se dice, eso feo, eso malo, eso caca”, porque hace décadas que abandonamos los pañales y aunque estemos cerca de volver a utilizarlos son otra clase de pañales. ¿Verdad?

Bueno, no.

La Era Progrezoica vino a cambiar todo, a hacernos más buenos, solidarios, inclusivos y políticamente correctos. A cambio tenemos que volvernos estúpidos, temerosos, mansos, hipócritas y delatores. Para mí no es negocio, prefiero algo de fricción y de conflicto estimulante que una paz bobina y aguada.

¿Y cuál es la forma en la que las almas buenas nos quieren forzar a ser vacas pastando? Regresándonos a la niñez. Toda la complejidad de las normas a las que me refería más arriba fue abolida para volver a “eso feo, eso malo, eso caca”. Tenemos que compartir siempre nuestros juguetes, no tenemos que pelearnos nunca y no tenemos permitido decir “malas” palabras en ningún caso. El problema es que ahora nuestro juguete es el departamento que compramos para alquilar y obtener alguna renta y lo tenemos que compartir con el usurpador que no quiere pagarla, no podemos pelearnos con el ladrón que nos acaba de sustraer la billetera, no podemos decirle “señor” al estibador que usa peluca.

Y aunque nos tratan como niños no nos imparten castigos infantiles. No nos privan de ver los dibujitos en la tele o de jugar videojuegos en la compu. Ahora tenemos multas, despidos, cárcel. Tenemos también el castigo no legalizado preferido de los progres, la cancelación, una especie de muerte civil que es más efectiva cuando más depende usted de su imagen pública.

Tal vez crea que estoy exagerando. Que soy un viejo nostálgico y retrógrada que prefiere las épocas donde todo se arreglaba a las trompadas. En primer lugar no todo se arreglaba a las trompadas, también recurríamos a las autoridades en casos que lo justificaban (y de ninguna manera un insulto lo justificaba, por el amor de Góngora y Quevedo). ¿Sigue pensando que exagero? En el momento en el que escribo estas líneas hay una ciudadana argentina en prisión domiciliaria en Brasil esperando un juicio por haberle hecho la mímica de un primate a un brasilero. Por supuesto que la fémina tenía intención de ofender. La misma intención que tuvo el ofendido al dedicarle a la encausada un gesto que consistió en agarrarse los genitales y sacudirlos. Sí, ya sé, racismo y todo eso. Pero sólo en estos tiempos un muchacho podría ir a hacer una denuncia por eso y un juez podría haberle hecho caso y podría existir una ley específica, ley que aparentemente no contempla atenuantes, sino que es la consagración de “eso feo, eso malo, eso caca”. También tenemos el caso del futbolista argentino sancionado preventivamente y esperando una sanción mayor por haberle dicho “mono” (según el denunciante) a un rival en el fragor de un partido. Y el ofendido fue corriendo a decirle al árbitro. Y el árbitro le hizo caso. Porque eso feo, eso malo, eso caca. Aparentemente hay un problema con los primates no humanos. Me pregunto qué pasaría si empezamos a decirle “ardilla”, “ornitorrinco” o “codorniz” a las personas en medio de una pelea.

¿Todavía cree que exagero y que está bien que se sancionen estas cosas, que el racismo es muy feo malo y caca y no se debe permitir y que si nos ponemos a hacer excepciones todo el mundo va a estar diciéndole cosas feas a todo el mundo? A ver qué le parece este caso: en diciembre de 2020 el futbolista uruguayo Edinson Cavani fue suspendido por tres fechas y obligado a pagar una multa de 100 mil libras por la Federación Inglesa De Fútbol por una publicación en su cuenta de Instagram personal. La Federación consideró que un comentario, o mejor dicho la respuesta a un comentario que hizo el futbolista fue "insultante, abusiva, impropia y llevó el juego a un desprestigio contrario a la regla E3.1. de la FA" y que su publicación constituye una "falta agravada", ya que incluye "una referencia, implícita o explícita, al color, raza u origen étnico". ¿Cuál fue la terrible discriminación ofensiva racista insultante abusiva impropia? Le contestó “gracias negrito” a un amigo que lo felicitó por hacer dos goles en un partido. Nótese que era un amigo. Nótese que no había ni la más remota intención de ofender. Nótese que por estas pampas esa expresión es afectuosa. Nótese que el amigo no se sintió ofendido ni remotamente ni hizo denuncia alguna, la Federación actuó de oficio como ofendidos institucionales subrogantes.

¿Quiere más ejemplos? Vaya a ver videos en Youtube. ¿Nota algo raro? ¿No? Usted es medio despistado, me parece. Preste atención y se dará cuenta de que los youtubers no usan algunas palabras. No dicen, por ejemplo “asesinato”, “muerte”, “sexo”, “suicidio”, “pornografía”, “pederastia”, “violación” y una larga lista de “malas” palabras. ¿Por qué? Porque la plataforma puede impedirle ganar ingresos si considera que su video dice cosas feas, y en algunos casos puede cerrarle el canal. No importa el contexto, si es en un video que habla de Historia, uno que relata un caso policial o el comentario de una noticia. Por eso los videos se escuchan raro, hay momentos silenciados o con sonidos graciosos superpuestos a la narración. Youtube ha delegado el “eso feo, eso malo, eso caca” en agentes de inteligencia artificial que no tienen en cuenta intenciones ni oportunidades. Más o menos lo mismo que los juzgadores progresistas inclusivos buenos humanos, pero más baratos.

No, el mundo no se está haciendo mejor por forzar a la gente a ejercer una bondad arbitrariamente definida , se está haciendo más estúpido e hipócrita. Nadie deja de ser racista porque le prohíben pronunciar el nombre de una especie animal, ni se convierte en racista por decirlo. Las palabras no son mágicas en el mundo real. Que usted se autoperciba sirena no le va a permitir respirar debajo del agua. Sí, vaya, pruebe.

Lo ridículo de todo esto se nota en las respuestas de las almas puras cuando uno se atreve a resistir la tendencia infantilizadora. Cometí la osadía de decir en redes sociales que la actitud del jugador de fútbol de ir corriendo a reclamarle al árbitro que le habían dicho algo feo me parecía un poco exagerada y me contestaron cosas como “Le dijo mono, eso es racista, viejo gilipollas retrasado” (sí eran españoles). Yo veo como tres insultos discriminatorios ahí. Pero no, no fui a llamar al árbitro. Porque pertenezco a la última generación de hombres con pelotas y mujeres con ovarios.

Si, ya sé, querido lector. Este artículo ha sido inusualmente largo y serio. Tiene muy pocos chistes. Para compensarlo imagine que lo escribí disfrazado de mono y…ah, caramba, me acaba de llegar un notificación del Juzgado.

Buenas noches.

No colaborar con el que escribe utilizando el botón de abajo se considera discriminatorio, antipeladista, malo, feo y caca. No lo voy a denunciar, pero usted sabrá lo que hace.

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