Pueden encontrarse, si uno está lo suficientemente aburrido para buscarlas, definiciones bastante pomposas sobre lo que significa la palabra “percibir”. Por ejemplo, alguien dice: “Percibir es el proceso mediante el cual las sensaciones evanescentes se vinculan con una causa ambiental y se vuelven duraderas y coherentes mediante la asignación de significado, utilidad y valor” en una publicación científica que existe y si no me cree vaya y búsquela. O pregúntele a su IA favorita, que ahora son todos vagos y le preguntan a su IA favorita. Yo prefiero una definición más adecuada a la altura del vuelo gallináceo de este newsletter: Percibir es conocer algo a través de los sentidos.

Usted va al Museo del Louvre y entre un enjambre de turistas japoneses ve La Gioconda, y no importa si le produce un arranque de éxtasis estético o le recuerda a la imagen de una lata de dulce de batata, el hecho es que usted la percibe con la vista (porque no creo que lo dejen acercarse para olfatearla, y los cuadros no cantan) y piensa “ah, ese es el famoso cuadro que pintó Leonardo Di Caprio”, y nosotros pensamos que lo suyo no es el arte. El asunto es que usted ve La Gioconda y lo reconoce como un cuadro y no como, por ejemplo, un chinchulín.

El hecho de que tengamos percepciones parecidas nos permite interactuar con nuestros semejantes y adaptarnos al entorno aumentando nuestras posibilidades de supervivencia.

Hay una categoría donde las percepciones pueden diferir entre individuos porque incluyen valoraciones subjetivas: se trata de la percepción propia sobre nuestra persona (la famosa autopercepción) que en numerosas ocasiones no es coincidente con la percepción que las otras personas tienen de nosotros. Yo puedo percibirme como un individuo maduro e interesante que hace gala de su ingenio en reflexiones aparentemente superficiales que en realidad contienen ideas profundas y usted puede verme como un viejo pelotudo que se quiere hacer el gracioso. Me pasa a menudo. Sin embargo incluso en esa discrepancia hay una base común: usted me ve como un viejo y no como una mandarina, un okapi o un sacacorchos. El sistema funciona.

Bueno, no. Lo rompieron.

Todo empezó con el asunto de los géneros. Teníamos dos, femenino y masculino. Durante unos miles de años alcanzaron. Y de repente no alcanzaron más, porque las preferencias se convirtieron en identidades, y las identidades en colectivos, y ahora si usted quiere abrirse una cuenta en Facebook tiene más de 50 opciones para elegir, incluyendo por supuesto el pronombre correspondiente porque es importantísimo el pronombre correspondiente. Personalmente me importa la milésima parte de la ceja de un jején lo que usted le guste en cuanto a lances venéreos mientras sea legal, si quiere anunciarle al mundo que su identidad es “plurisexiflexible no binarie metacíclico” allá usted (yo me quedo acá que soy medio conserva). No me produce la misma indiferencia cuando los colectivos se convierten grupos de presión, pero ese es otro tema.

El detalle es que todos esos géneros o identidades o lo que sea, creados como una forma de inclusión extraña que consiste en clasificar a las personas en cada vez más categorías, dependen de la autopercepción de los individuos, y eso rompió el sistema. Porque me encuentro ahora con que Rafael, un estibador de 130 kg capaz de hacer un moño con un barreta de hierro del 8 usando sus manos desnudas se autopercibe Raquel y yo estoy obligado a tratarlo como a una dama aunque lo perciba como el mismo tipo enorme y musculoso pero con peluca de rizos dorados y sandalias de lamé. Sí, estoy obligado. De otra manera seré señalado como un discriminador algofóbico, un individuo moralmente reprobable según una moral que se inventó hace cinco minutos, hablando en términos históricos. Y hasta puede ser que me pongan una multa o algo si es que Raquel me denuncia. Nuestras percepciones ya no son ligeramente diferentes, nuestras percepciones se alejaron tanto que ya ni se mandan un mail para saludarse en los cumpleaños.

Pero esto no se detuvo allí, no señor. O señora. O señoro, o señore, o qué se yo, por favor perciba que me dirijo a usted como más le guste, que no tengo presupuesto para multas.

No alcanzó con Rafaeles autopercibiéndose Raqueles, o Marianas identificándose Fernandos, o cualquier otra elección de género, transgénero o multigénero. Como si nuestro sistema perceptual no se hubiera roto lo suficiente, aparecieron los transedad que se autoperciben con una edad diferente a la que se calcula por su acta de nacimiento. Cuarentones que se visten como bebés, usan chupete y se hacen caca encima. Adolescentes que usan pantalones con la cintura muy cerca de las axilas y van a la plaza a alimentar a las palomas mientras se quejan de un reumatismo imaginario. Y hay más: los transespecie se identifican con animales, como los therians, aunque hay algunas diferencias: mientras los primeros quieren ser físicamente animales , lo de los therians se orienta más hacia una conexión espiritual, o algo así. También están los transhumanos, pero esos no me parecen tan tururú, porque el transhumanismo no es una autopercepción caprichosa sino un movimiento que quiere mejorar las capacidades humanas mediante la tecnología. Yo con eso simpatizo, porque mi plan es evolucionar hasta ser un ser de energía pura y dominar el universo desde otra dimensión. Voy de a poquito. Empecé por quedarme pelado para ser más aerodinámico.

A esta altura del artículo, estimado lector, si es que sigue ahí, se estará preguntado qué me molesta de todo esto y si no será que estoy viejo y cascarrabias y me quejo de todo. Algo de eso hay. Pero en este tema particular lo que me incordia es que muchas de estas nuevas identidades autopercibidas han conseguido reconocimiento legal. Y como ese reconocimiento suele venir con ventajas, se ha llenado de pícaros. Así las cosas, accede a la misma jubilación temprana tanto el transexual comprometido que ha sufrido intervenciones quirúrgicas, tratamientos hormonales, terapia psicológica y la incomprensión y tal vez el alejamiento de su familia y amigos como el estibador con peluca. Este último es el pícaro ventajero. Estoy seguro que en la intimidad se pone a mirar el fútbol en calzoncillos gritándole al árbitro insultos que harían sonrojar a un pirata con su vozarrón de baja frecuencia.

Imagine que en el futuro se incorporen legalmente otras identidades. Que los therians sean reconocidos como animales. ¡Alcanzará con usar una máscara de perro y ladrar un poco para dejar de pagar impuestos! ¿Se autopercibe bebé? ¡Un pañal, un chupete y a ser mantenido por otros adultos (o por el Estado) de por vida! Y no pagar impuestos, tampoco.

No está bien. Hay que poner un límite, separar a los comprometidos de los simuladores. Si quiere ser reconocido como animal, duerma en el piso, coma alimento balanceado o alimañas, o directamente viva en el bosque entre los de su especie. Pasee con correa y bozal si se autopercibe doméstico. Sea vacunado y castrado. Y nada de subir historias a Instagram. Si quiere ser un viejito tenga dolor de espalda, camine despacito, viva con una jubilación mínima, olvídese de las cosas, use dentadura postiza. Si quiere ser mujer tenga una pequeña hemorragia cada 28 días. Si quiere ser electrodoméstico introdúzcase baterías por el agujero que más le guste y sirva para algo (le concedemos la posibilidad de ser inalámbrico porque somos buenos).

Si esto no sucede, declaro que no pienso mantener con mis impuestos a estos vivillos. Me voy a comprar un máscara de tortuga y que me mantengan a mí.

Buenas noches.

Me autopercibo millonario en el estado financiero de un pobre. Es una condición seria, se llama disforia de cuenta bancaria. Usted puede ayudarme haciendo click en el botón de abajo y colaborando. Muchas gracias.

Invitame un café en cafecito.app

Reply

Avatar

or to participate

Keep Reading