Si entre los amables lectores hay alguien que tuvo que firmar alguna vez un contrato con alguna empresa que presta algún servicio, habrá notado que está redactado en forma cuidadosamente confusa, que tiene 2345 cláusulas escritas en letra apenas macroscópica y que su lectura completa provoca estrabismo, alopecia y halitosis. Por lo tanto las más de las veces el firmante se encomienda a San Defensa del Consumidor y firma a sabiendas de que si algo pasa que se desvíe apenas de la normalidad durante la duración del contrato, sufrirá indecibles penurias. Está en la naturaleza humana creerse a salvo de las peores catástrofes. De otra manera nadie contraería matrimonio.
La letra pequeña de los contratos es ya parte del folclore, y uno la asimila con una mezcla de fe y estoicismo. Palabras más, palabras menos, dice siempre lo mismo: "¡Ahora eres nuestro! ¡Muejejejejeeee!”
(Algunas veces "¡muejejejeje!" puede ser reemplazado por un restallante "¡gil!").
Esta práctica aparentemente engañosa y taimada sin embargo tiene el propósito de... bueno, de ser engañosa y taimada.
La tendencia a gritar las buenas noticias y murmurar las malas en cualquier comunicación destinada a engatusar incautos (nosotros) no solo no ha menguado con los años sino que se ha extendido. De entre las profundidades de los más oscuros estudios de las más abyectas criaturas (naturalmente me refiero a los abogados), una especie de nueva generación de letras pequeñas ha surgido.
