Subrogar: tr. Der. Sustituir o poner a alguien o algo en lugar de otra persona o cosa.
Soy lo suficientemente viejo para haber sido testigo del comienzo de la Era Progrezoica. Fue cuando lentamente empezaron a aparecer los primeros eufemismos para nombrar cosas que ya tenían nombre. Casi sin darnos cuenta el sordo se convirtió en hipoacúsico, el rengo en discapacitado motriz, el linyera en persona en situación de calle, el ciego en persona con discapacidad visual.
Por supuesto, como no estamos en una novela de Harry Potter y las palabras no son mágicas, esto no tuvo ningún efecto sobre los individuos que lidiaban con una o varias de esas desventajas: el ahora hipoacúsico siguió tan sordo como antes, el discapacitado motriz no tiró sus muletas y corrió los cien metros llanos y la persona en situación de calle no se sacó una selfie firmando la escritura de su primer departamento.
Esta tendencia de reemplazar cosas definidas por una palabra clara, específica y neutral por varias palabras blandas, torpes y difusas (por ejemplo, ¿qué demonios es una persona con capacidades especiales? ¿es alguien que segrega lanolina por el ombligo? ¿conoce todas las marcas de alfajores? ¿enhebra agujas con una oreja?) se fue imponiendo sin prisa pero sin pausa. De pronto llamar sordo al sordo era una especie de grosería, aunque el sordo no se inmutara. Más que nada porque no nos escuchaba.
Pero la Era Progrezoica avanzó, y entonces usar las viejas y claras palabras de siempre se convirtió en una ofensa. La Era Progrezoica había ingresado al Período Ofensiásico. Estamos en ese período ahora mismo, todo lo que uno dice o escribe puede resultar ofensivo, es como si toda la gente hubiera sido desprovista de la gruesa epidermis que la protegía de fruslerías y estuviera en carne viva, ansiosa por gritar de dolor al menor roce.
No se dio naturalmente. Fue una evolución forzada, una mutación. No es que los rengos protestaran, lo ciegos organizaran marchas, los gordos escribieran al correo de lectores de los diarios y los sordos hicieran sonar un bocina de esas que se llevan a la cancha para hacer mucho ruido cada vez que leyeran nuestros labios pronunciando la palabra prohibida.
Fue, ante todo, un movimiento dirigido por una minoría intensa, personas que se erigen en abanderados de la moral colectiva, la empatía universal, la concordia impuesta, la inclusión obligatoria de todos en todas las cosas. Unos metidos, bah. Y en su afán de construir un mundo mejor según un criterio que no admite discusiones se convirtieron en defensores de grupos supuestamente atacados que no pedían defensa alguna.
Y al fin voy llegando al punto de todo este artículo, muchas gracias por leer hasta aquí, amable lector, yo no hubiera tenido tanta paciencia.
Resulta que estas almas cristalinas no pueden aceptar que el gordo no se ofenda porque le dicen gordo en vez de persona de talla grande. ¿Cómo puede ser? Entonces asumen ellos la ofensa. Reemplazan al gordo y lo subrogan, ocupan su lugar como ofendido. Bueno, tal vez no ocupen todo su lugar si es que el gordo es muy gordo, pero se entiende.
Cualquiera que no sea un sociópata podría entender que, contaminado por la prédica de los buenistas, ahora el rengo solicite que no le digan rengo, porque se ofende. Está bien, uno podría argumentar que la intención de las palabras también cuenta, pero digamos que uno lo acepta porque el reclamo proviene del afectado.
Pero los ofendidos subrogantes, que no tiene nada que ver con el asunto, que por un mandato inexistente patrullan el mundo limando asperezas imaginarias y están teniendo éxito ablandando el lenguaje con la indeseable consecuencia de ablandar el pensamiento me tienen harto.
Si ofendo a alguien sin intención, que el ofendido me reclame. Pediré disculpas, si cabe. Si lo hago con intención, seguiré en actitud beligerante.
Pero los subrogantes se puede ir prestamente a expeler los productos de desecho del proceso digestivo.
Porque si los mando a cagar seguro que se ofenden.
Buenas noches.
Si quiere, a voluntad, sin compromiso, faltaba más:

