No me gusta el fútbol. No hay en esta afirmación deseo alguno de autoerigirme en un ser humano egregio, de intensa vida intelectual que desprecia a todo aquel que prefiera a Messi antes que a Cervantes. Nada de eso, seguramente me estoy perdiendo de gran cosa, a juzgar por las multitudes que siguen con pasión las evoluciones de los jugadores en el campo corriendo detrás de la vejiga esférica. Es que no me gusta, nomás.

Es cierto, alguna vez he jugado un partido, más que nada por la necesidad de los contendientes de completar un equipo. De nada sirvieron mis advertencias acerca de mi escasa solvencia, y mi convicción de que en todo caso mi aporte al equipo siempre sería aplaudido por los contrarios. Lo lamento, muchachos, no estoy diseñado para el balompié (y para casi ningún deporte peloteril).

Confieso que en esas contadas ocasiones tuve algún momento de esparcimiento casi siempre a expensas de mí mismo, pero al parecer las torpezas de un jugador no divierten a sus compañeros, de modo que las cosas terminaron en general en amargas discusiones que yo observé con una mezcla de incredulidad y regocijo.

Ver fútbol es para mí algo tan aburrido como quedarse encerrado en un ascensor con un contador público diplomado.

Fingí durante años, primero frente a mi familia y luego frente a mis amigos, viendo partido tras otro, pero un día me liberé, salí del clóset y me declaré abiertamente heterobalompié. No he vuelto a ver un partido desde entonces, aunque sí me he sentado frente al televisor junto a otros por una cuestión de sociabilidad. Tengo que trabajar en eso (me refiero a escapar a dichas situaciones, la sociabilidad ya es una causa perdida).

No entiendo a los aficionados que a falta de un partido donde participe su equipo preferido, ven cualquier otro. Recuerdo que hace muchos años por alguna razón que se me escapa hubo una larga temporada en la cual no hubo partidos locales de fútbol. Uno supondría que los hinchas aprovecharían el receso para hacer otras cosas, qué se yo, pintar la casa o aprender a cocinar, y que los canales de televisión pondrían películas, documentales o dibujitos animados para cubrir las largas horas que de repente les quedaban vacías en la programación. Pues no, pasaban fútbol. Los campeonatos griegos, rusos, haitianos o croatas eran seguidos con interés por multitud de fanáticos vernáculos que a los pocos días ya se habían hecho simpatizantes del Olimpik Espartacus, el Vudú Boys o el Stolenkyaia de Minsk.

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