La televisión muestra a un hombre al que han abandonado en un desierto, un bosque, una selva, una isla, una estepa, una montaña o cualquier lugar alejado de la civilización.
El hombre debe sobrevivir una semana, luego de la cual vendrán a rescatarlo. 

Mientras lo veo defendiéndose del clima, los insectos, los animales y las plantas, un único pensamiento viene a mi mente:

La Naturaleza nos odia.


Aquellas personas frecuentemente poco aseadas que insisten en que hay que vivir en armonía con la naturaleza me causan una mezcla de ternura y sospecha. 

No hay manera de vivir en armonía con la naturaleza, señores, a lo sumo podemos establecer ciertos límites en la guerra que desde el principio de los tiempos libramos contra ella.

Antes de que los ecologistas, naturistas, abrazadores de árboles y fanáticos de los  sahumerios comiencen a formar una alegre turba de portadores de antorchas y se pongan a discutir si conviene colgarme de una cuerda de cáñamo o si por esta vez podrían usar una de nylon para hacer patente la ironía, permítanme explicarme.

Si a usted o a mí nos dejan a solas con la naturaleza, lo más probable es que acabemos muertos. Más tarde o más temprano nos va a comer un oso o un cocodrilo, nos va a picar una víbora,  nos vamos a almorzar la planta más venenosa del barrio o nos vamos a sentar arriba de un escorpión. O también puede ser que nos caigamos por un precipicio, nos ahoguemos tratando de cruzar un río, nos succionen unas arenas movedizas o simplemente nos parta un rayo. Eso sin mencionar que tal vez nos hagamos un rasponcito de nada con una rama y a los dos días reventemos de una infección, o que nos caiga encima una gotita del juguito de una planta pinchuda y resulte que éramos alérgicos a eso y el shock anafiláctico deje nuestro cadáver tan horrendamente hinchado que ni siquiera la alimañas se animen a comérselo. Todo eso sin mencionar la deshidratación, los parásitos, bichos enormes o chiquitos y enfermedades que ni siquiera tienen nombre. 

Los tipos que sobreviven en esas condiciones están entrenados, son como tropas de elite en una batalla contra todo lo que los rodea. Y aún así a veces pierden.

Si la Naturaleza no nos ha matado a todos es porque no  tiene ganas. Sí, a veces hace como una tosecita o un estornudo y nos manda un tsunami o un terremoto o un volcán o un huracán o una inundación o alguna cosita igualmente simpática y se deshace de unos cuantos miles de parroquianos, pero en perspectiva esas gracias vienen a ser más o menos lo mismo que nosotros echándole veneno a un hormiguero. O sea, lo que decía al principio, por ahora no le dieron ganas de matarnos a todos de una vez.

Usted dirá que el potus que tiene en el departamento no ha mostrado ninguna actitud agresiva, que no conspira con el malvoncito del balcón para estrangularlo mientras duerme, que las cucarachas salvo su repugnancia intrínseca no han desplegado ninguna letalidad digna de ser notada. Que incluso tiene un gato que no le hace pis en la cama. Hombre, claro, las pequeñas muestras de naturaleza que usted tiene encerradas en el quinto piso de un edificio de acero y hormigón lleno de cables eléctricos, motores y cosas de plástico  no representan ninguna amenaza. Están fuera de su ambiente, son como prisioneros, es el caso inverso al del tipo en la selva. Si usted quiere riega las plantas con querosene, le da de comer al gato el veneno de las cucarachas y... bueno, no sé muy bien qué hacer con las cucarachas, mientras se me ocurre algo vaya matándolas a pisotones. Y ya está, nada de Naturaleza. 

A nivel planetario esto es un poco más complicado. Sí, sí, ya sé, estamos envenenando los ríos, el aire y la tierra, la Tierra está poniéndose más caliente, o más fría, o más seca o más húmeda, se van a derretir los polos, el Ecuador se va a congelar y todo eso. 

Pero no importa lo que hagamos, la Naturaleza va a ganar al final. Resulta que nosotros somos unos ocho mil millones de soldados, nada más. Y dentro de cada uno de nosotros hay un muchillón de bacterias, que juegan, obviamente para el otro bando. Así que aunque nos esmeremos en envenenar todo, aunque contaminemos todo el océano, eliminemos uno o dos cientos de miles de especies, usemos bolsas de polietileno y enterremos todas las baterías usadas en el jardín, aunque nos pongamos pesados y nos tiremos unas cuantas bombas atómicas por la cabeza, aunque rociemos ácido sulfúrico en todos los bosques y selvas, lo más probable es que los que se extingan en el proceso seamos nosotros. 

Y del otro lado, algo vivo, un microbio, un alga, una bacteria, una lechuga, un gusano, un cangrejo, una hormiga, garrapata, cucaracha (lo siento, al final no se me ocurrió nada para exterminarlas a todas) o ciempiés, va a trepar por sobre la pila de escombros malolientes que hemos de dejar como muestra de nuestro paso fugaz por la historia del planeta. (Bueno, si es una planta no va a trepar. A no ser que sea una planta mutante. Que también puede ser, después de todo enterramos las baterías en el jardín). 

Y seguirá con lo suyo, tranquilamente y sin molestar a nadie.

Buenas noches

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