Cuarta y última parte de esta historia.

Y esperamos.

Y seguimos esperando.

Y esperamos más.

Y cuando perdimos la paciencia, respiramos hondo, miramos hacia el techo, y esperamos todavía más.

Existen fracasos espectaculares, fracasos épicos, fracasos gloriosos e incluso fracasos heroicos.

El nuestro no fue nada de eso.

Sí, fracasamos, pero usted ya lo sabía.

Porque es evidente que si hubiéramos tenido éxito yo estaría demasiado ocupado haciendo lo que sea que los millonarios hacen como para escribir en este newsletter. Y no, no creo que los millonarios escriban en newsletters. A los sumo contratan a tipos como yo para que escriban por ellos. Que no, que tampoco me ofrecieron nada de eso.

Es cierto que si bien no tuvimos ni un poquito de éxito podríamos haber fracasado aún más. No vendimos ni una Centurion Card, es cierto, pero tampoco compramos ninguna. Nadie nos contrató una auditoría completa Y2K, pero tampoco subcontratamos a diez auditores a los que tuvimos que pagarles de todas formas. En resumen, perdimos algo de tiempo, algo de autoestima y una pizca de integridad, pero todo eso pudo recuperarse (1). 

EPÍLOGO.
En diciembre de 1999, mi socio y yo ya no éramos consultores independientes. Habíamos sido contratados por una empresa británica que se dedicaba al desarrollo de software. El proyecto Y2k de esta empresa, con oficinas en varios países, consistía en parte en confiar en la robustez de sus productos, y en parte en esperar y ver qué pasaba.

El 31 de diciembre de ese año, aprovechando la diferencia de horarios, los colegas australianos fueron los primeros en tranquilizarnos señalando que en lo que concernía a nuestros productos no había nada inusual que informar. A las 12 de la noche brindamos con nuestras familias y ni siquiera pensamos en el efecto Y2K.

En todo el planeta fue más o menos igual. 

El primer fin del mundo basado en la ocurrencia de una falla tecnológica había sido evitado, ya sea mediante la laboriosa y sistemática aplicación de elaborados planes o a través de la técnica alternativa de cruzar los dedos y cerrar los ojos (2).

Muchas personas ganaron mucho dinero con el asunto. Yo no fui uno de ellos. Pero no importa, me alegro de que el mundo no se haya terminado precisamente por culpa de personas que se dedican a la informática, porque eso me hubiera dado muy mala reputación en el Infierno.

Y además, tendré mi revancha en el año 2038.

Buenas noches.


(1) En este preciso momento estoy recuperando parte de ese tiempo escribiendo muy rápido.

(2) Pero no es cierto que el efecto Y2k haya pasado desapercibido. El 1ro de enero del año 2000, una ancianita de Tauranga, Nueva Zelandia, quiso retirar 12 dólares neozelandeses de un cajero automático y no pudo hacerlo. La octogenaria mujer comenzó a azotar la máquina con su bastón hasta que llegó la policía y amablemente le indicó que los teléfonos públicos no entregan dinero.

No me hice rico con el efecto Y2K. Lo que me queda es este humilde newsletter, pero si usted se empeña en no colaborar haciendo click en el botoncito de abajo se hace todo cuesta arriba. Y de espaldas. Y en ojotas.

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